La diáspora de los lenguajes: Por qué lo híbrido ya no volverá a casa

A veces, para entender hacia dónde vamos, hay que mirar con sospecha las etiquetas que nos dejan tranquilos. Hoy, el concepto de «artes híbridas» se ha convertido en una suerte de refugio cómodo, una categoría paraguas donde, podrán decir algunos,  metemos todo aquello que ensucie la pureza del escenario con cables, cámaras o algoritmos. Pero si nos ponemos un poco más enrevesados, podemos especular estar presenciando, ya no una evolución del teatro, sino probablemente a la  emancipación definitiva de estas expresiones híbridas, cortando el cordón umbilical con el teatro convencional para fundar su propio territorio soberano.

Siguiendo con la especulación, es muy probable que sea el  dispositivo el que se esté tomando toma la palabra mientras aún estemos sufriendo la “ilusión del invitado”, pensando que el teatro se está valiendo de nuevos recursos que pueden enriquecer y complejizar el trabajo escénico, o aveces solo funcionar como un amplificador. Durante siglos, el teatro ha sido un anfitrión generoso. Ha recibido a la pintura en la escenografía, a la literatura en el texto y a la música en la atmósfera. Pero siempre bajo una condición jerárquica: todo debía estar al servicio del convivio, de ese encuentro físico y presente entre humanos. Sin embargo, en la escena contemporánea, el dispositivo tecnológico ha dejado de ser un invitado para convertirse muchas veces en el sujeto de la acción.

Pensemos en  el trabajo de Katie Mitchell, en el Reino Unido, con su Live Cinema es un ejemplo radical. Mitchell no usa cámaras para apoyar la escena; ella construye una gramática donde el espectador habita una zona intermedia. La narrativa se fragmenta entre lo que ocurre en el set y lo que se edita en la pantalla gigante. Esta «contaminación» no busca rescatar al teatro, sino explorar una zona liminal que ya pertenece más al lenguaje del montaje que al de la actuación tradicional. Aquí, el lenguaje es un organismo híbrido que respira bajo leyes que el teatro de texto simplemente no puede contener.

En mi columna anterior sobre la obra Vivir juntas, hablaba de cómo una «perspectiva rara» podía subvertir nuestra mirada. A nivel global, esa perspectiva está siendo moldeada por la tecnología. En Chile, Malicho Vaca usa Google Earth para reconstruir la memoria en Reminiscencia, pero este gesto dialoga directamente con lo que el colectivo alemán Rimini Protokoll lleva años haciendo en Europa.

Con proyectos como Remote X, Rimini Protokoll saca la narrativa a las calles, guiando a las masas con voces artificiales. No hay actores, no hay escenario fijo, no hay ficción en el sentido clásico. Es una hibridación entre sociología, urbanismo y gaming. Al igual que en la escena chilena, aquí la tecnología no es un truco; es una forma de arqueología del presente. Este lenguaje se aleja de la representación para entrar en la navegación. Y esa diferencia es ontológica: el espectador ya no «asiste» a una obra; «viaja» por una interfaz.

El teórico Jorge Dubatti hace una distinción necesaria entre el convivio (presencialidad física) y el tecnovivio (presencia mediada por tecnología). El teatro convencional se aferra al primero como su esencia última. Pero las artes híbridas parecen más cómodas en el segundo.

Si el teatro convencional es el reino de la metáfora, lo híbrido puede ser  el reino de la metamorfosis. El futuro de estas expresiones apunta hacia una autonomía donde el cuerpo del actor podrá ser reemplazado por un avatar, o donde el espacio físico será sustituido por la Realidad Extendida (XR). Y eso no constituye necesariamente una tragedia para el teatro; es simplemente una diáspora.

Si bien hablamos de una tendencia global, necesito valerme de referentes locales en Chile como Manuela Infante, que  ha propuesto un teatro no antropocéntrico, donde el sonido y la lógica vegetal dictan la pauta. Esta búsqueda de romper con el protagonismo del humano resuena, a su vez,  con la «Sistematurgia» del catalán Marcel·lí Antúnez Roca. Antúnez, con sus robots y exosqueletos, propone un cuerpo que es, en sí mismo, una interfaz digital.

Cuando el movimiento de un músculo genera una imagen o un sonido, la narrativa deja de ser lineal para volverse algorítmica. Estamos ante una rebeldía frente al formato: la obra ya no sucede en el libreto, sucede en el sistema. Esta podría ser la «quinta pata al gato» de la actuación contemporánea: que el actor ya no «interprete», sino que «accione» dispositivos. ¿Sigue siendo eso teatro? Quizás es hora de admitir que es otra cosa, una criatura nueva que ya no necesita el apellido «teatral» para validar su existencia.

Siguiendo la línea de las rebeldías diversas que mencionaba a propósito de la escritura de Genet, o Puig, lo híbrido también ejerce su propio desacato. Su rebeldía consiste en no dar con el perfil de la «gran tradición» dramática. Las artes híbridas son, por definición, personas racializadas en el mundo del arte: no son puras, vienen de mezclas sospechosas, usan herramientas que el canon considera «frías» o «distantes».

Pero es precisamente desde esa esquina donde artistas latinoamericanos como MapaTeatro en Colombia, o Lola Arias en Argentina, están redefiniendo lo real. Al hibridar el documento vivo con la instalación audiovisual, están fundando su propio «contrato social» con el espectador. Un contrato donde la mirada es fragmentada y la presencia es, a veces, opcional o virtual. 

Es también desde esa hibridez, desde donde  se está pensando hoy la política de la imagen. Al alejarse del teatro convencional, estas expresiones ganan una libertad que el escenario físico les niega. Pueden ser ubicuas, pueden durar diez segundos o diez días, pueden ocurrir en el casco de un espectador en Shangai,  mientras el artista está en Tijuana.

Siguiendo con las especulaciones, es muy probable que las artes híbridas en general y en el ámbito de las artes escénicas en particular,  nos estén  contando  amorosamente que el teatro tal como lo conocíamos no está pudiendo responder a todas  las preguntas del siglo XXI. No es que el teatro vaya a morir, sino que lo híbrido, por su propia pulsión de desobediencia, terminará por fundar sus propias instituciones, sus propios circuitos de exhibición y sus propias academias para lanzarse definitivamente al abismo de la post-humanidad y su  destino ya no será «parecerse» a la vida, sino aumentarla,intervenirla, o modificarla. Una fragmentación necesaria que no tiene que ser necesariamente traumática, sino que una lógica, ya no “natural”, vida y modo propio.

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